Friday, August 28, 2015

¿Alfabetización o ciudadanización?

          El resultado de este marasmo e indecencia será una victoria. Los habitantes querran ser ciudadanos y los pícaros no querran ser pícaros.        

   Aunque muchos no lo imaginen y menos lo crean, Venezuela es el escenario propicio para la transformación del ser habitante al ser ciudadano. Así lo revelan los hechos transcurridos durante esta singular etapa en la cual las carencias cívicas generan efectos sobre lo social, económico y  político. Un vuelco civilizacional es hoy, más que nunca, una necesidad; urge una nueva forma de pensar, decidir y actuar entre los venezolanos. Ello, en el fondo, no es otra cosa que pasar del estado de sumisión o pseudo esclavitud del siglo XXI, admitido por la condición del ser habitante, a una dimensión totalmente opuesta: a la condición del ser ciudadano. Un ser humano que ni es sumiso ni permite la manipulación o actúa bajo el control de los que tienen el poder y nada le impide interpretar y actuar, sostenido por la praxis ética, eje de esta transición humana. 
    Pasar del ser habitante al ser ciudadano es dejar atrás la praxis de anti valores, todo un desafio para los actores políticos, y hacer evidente el ethos de la virtud cívica, idea que no pocos venezolanos pensamos para un país de espléndidas posibilidades materiales, pero con tan pocas cualidades ciudadanas, las cuales nos cuesta comprender, aceptar y hacerlas parte del comportamiento social. Por ello, difícil es observar en la cotidianidad la cortesía, la decencia, la honestidad, la responsabilidad y la tolerancia.
   Al contrario de los recursos naturales o materiales, los valores son etereos. No poseen cuerpo ni sustancia física o química. En tal sentido no se observan o palpan como a un diamante o un barril de petróleo, pero sabemos que están presentes cuando, por alguna rareza, los observamos en la oficina o en la calle. La praxis de valores se contempla cuando se logran la armonía y la concordia o el consenso y los acuerdos; también cuando cada persona cumple, a cabalidad, con las responsabilidades encomendadas; entonces el bienestar común es posible. Con la praxis de valores es probable construir, en un solo cuerpo, un sentimiento, una esperanza, un acuerdo y la consolidación de metas comunes.
   Con frecuencia oimos decir: hemos perdido los valores. Pues bien, es importante reconocer que  los  valores no se pierden; en todo caso, dejamos de practicarlos por distintas razones. En la mayoría de los casos, porque la decadencia social impide considerarlos convenientes o porque sucumbimos antes la animalidad individual. Siendo así, y como por arte magia, todo cuanto hacemos falla o desmejora; abriendo espacios a la mediocridad y a la extensión de la ruindad, luego aceptada como lo habitual de la cotianidad. Por ello, la frase rimbombante de que somos un país muy rico no sirve para nada; sobre todo cuando la ausencia de praxis ética es lo que predomina y, más todavía, cuando desde las altas esferas del poder se promociona la indecencia, el irrespeto, la intolerancia, la exclusión y la hipocresia. Ciertamente, Venezuela es un pobre país rico. Si. Es muy rico en recursos naturales, pero muy pobre es la práctica ética; de allí viene la pobreza y la miseria.
    Ahora bien, el origen de las sociedades de habitantes viene, en parte, de la preparación promovida por sistemas educativos desfasados de las demandas formativas, no solo del presente; ya desde el ocaso del siglo pasado se hacía necesario una educación que formara para la paz o la convivencia. Ahora es impostergable la formación de ciudadanos integrales. En este sentido, es incongruente la simple complacencia de cumplir con las metas de alfabetización, que es el origen del ser habitante, como objetivo para este siglo. Es a nuestro odo de ver, una pérdida flagrante de esfuerzos logísticos. Si solo nos centramos en enseñar a leer, escribir y resolver operaciones matemáticas y en las universidades a lograr la profesionalización o la especialización en áreas específicas del conocimiento o del hacer, nunca será posible acercarnos al ser ciudadano y, más alla, a las realizaciones superiores. Es decir, no lograremos palpar el ethos del ciudadano virtuoso y continuara la insolencia, la exclusión, el egoísmo, la manipulación y la apatía como rasgos comunes de las sociedades atrasadas. El ciudadano busca y pone en práctica la convivencia, la autonomía nacional, el estado de derecho, el progreso de todos y construye la democracia permanentemente.
     En definitiva, las universidades deben proponerse ciudadanizar que es, de alguna manera, reorientar el camino para hacer a los seres humanos menos materialistas y más sensibles, para que controlen lo abominable y predomine lo admirable. La alfabetización y más tarde la profesionalización deben complementarse con la ciudadanización, que es el dominio de dimensiones extrañas al ser habitante. Mas que alfabetizar, requerimos ciudadanizar.

Sunday, August 9, 2015

Ciudadanos virtuosos : ¿Enseñamos a pensar?

Ciudadanos virtuosos : ¿Enseñamos a pensar?:    C omo si el pensamiento o la reflexión fuesen artimañas para escaparme del tumultuoso presente, solo atino a reconocer lo pequeño soy a...

Friday, August 7, 2015

Wednesday, August 5, 2015

El arte del pensamiento, el error y el triunfo

       

Cada vez que pienso en Venezuela, un país con potencial único para el desarrollo integral, descubro que no hay ciudadanos, lo más preciado, y que estamos obligados a enseñar el valor y el significado de la democracia


     El arte de pensar es la mayor de las diferencias existentes entre personas, sociedades prosperadas y los pueblos rezagados; tradicionalmente ubicados en el submundo de las supuestas limitaciones, automáticamente aceptadas por la errada percepción de inferioridad. Cuando observamos a una sociedad desarrollada, estamos comprobando la manifestación de procesos cognitivos complejos, medidos en la calidad de la reflexión, frecuentemente, plasmada en decisiones, actitudes y conductas que, en todo caso, muestran la diferencia anunciada. No existe nada que el ser humano realice sin pensar y planificar minuciosamente y sea, de manera permanente, exitoso. Es por esta razon que, los países desarrollados avanzan en la medida que ideas y planes reflejan coherencia y pertinencia con los propósitos comunes. En este entorno, el pensamiento no permanece en lo elemental, se extiende y acepta la impresición y, al mismo tiempo, la corrección como una estrategia para el progreso. Esto es, aprovechan los errores para correjirlos y mejorar continuamente, puesto que nada esta excento de errores y grandes sacrificios.
     Realizamos procesos cognitivos complejos cada vez que reflexionamos sobre una dificultad que nos afecta, luego, vamos aumentando a niveles de mayor complejidad, si somos capaces de diagnosticar, compatir ideas, lograr acuerdos, seleccionar estrategias, evaluar y corregir las actividades acordadas para solucionar dificultades. De modo que, si deseamos avanzar, estamos obligados a demostrar niveles rigurosos de interpretación; pero más allá, se requiere una sólida dosis de humildad, es decir, poseer capacidad de desprendimiento personal o, estar dispuestos a abdicar los intereses personales, para así, lograr el consenso, pues el consenso es una tarea altamente exigente. Es un logro de ciudadanos. Solo los ciudadanos pueden dejar, a un lado, el ego por el beneficio colectivo. El consenso es un aprendizaje continuo. Es madurez. Significa, en estracto, avanzar en medio de las diferencias políticas e ideológicas.
     Los pueblos con exigua calidad de reflexión no pueden valorar el significado de la democracia y con ella otras dimensiones también importantes. Esta realidad mundial no es mas que la manifestación del analfabetismo del siglo XXI o, la pequeñez cognitiva que paraliza la generación de interpretaciones y análisis de todo cuanto nos rodea. Así, para los habitantes, la calidad de vida no interesa, la imposición política no es detectada, los derechos humanos no tienen valor, la injusticia no es asunto personal ni colectivo y; la pobreza, el desorden, la corrupción, la inflación, la escasez o crisis alimentaria, la humillación, lo abominable y lo perverso son aceptados, en pocas palabras, la anomia social se constituye en parte de lo común y lo ordinario. Cuando ello sucede, asumimos que la sociedad está concluyendo una etapa y anuncia otra muy distinta en la cual el ser pensante o el ciudadano debe formar parte de quehacer nacional. 
     En el territorio del analfabetismo del siglo XXI no sorprendería el malestar de los habitantes, al sentirse ofendido, por la idea de enseñar a pensar. Seguramente dirían, con rostro de sorpresa y en tono despectivo: "Yo pienso, sé pensar. Vaya estupidez". Ciertamente, la gente piensa. Todos pensamos. Pensamos lo que vamos a realizar durante el día, el fin de semana, durante las vaciones, pensamos en las compras u otras trivialidades que no ameriten "mayores esfuerzos". Hasta allí todo muy bien. El asunto se complica cuando las dificultades ameritan mayores exigencias.
     No obstante, enseñar a pensar no es una tarea fácil de lograr, porque los sistemas politicos no están interesados en este fin de la educación. Es mas, en la historia de la humanidad,  quienes han detentado el poder no les ha interesado los pueblos avanzados. Siempre han preferido pueblos dóciles, incapacitados para interpretar los eventos, los discursos, las palabras, los gestos; dicho de otra manera, si no captan la demomagogia, la mentira, el populismo y la manipulación, entonces todo marcha bien. Ese es el pueblo que conviene, el otro, el de la fuerza del pensamiento es un peligro enorme; por tanto, es inconveniente enseñarles a pensar. Mientras más ignorantes sean los pueblos, más poder acumulan los pícaros. 
     Por una razón muy simple, hay un temor visible de enseñar a pensar. Es como si ello significara el fin de los que tienen el poder. Cuando una persona interpreta y define soluciones, simplemente deja de ser un objeto de los generan o trasmiten información. Por tanto, en estas condiciones, ya no es fácil controlar, manipular y engañar. Entonces, no es cómodo el gobierno de un déspota, cuando el pueblo conoce y sabe el valor o el significado de la democracia. 
     La necesidad de enseñar a pensar recae en los resultados que tiene el ejercicio de la democracia después del derrumbre de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas. Para nadie es un secreto que la democracia, en teoría, no tiene rival, debido, fundamentalmente,  a que el comunismo, como praxis política, fracasó. Ante esta clara verdad, a la democracia solo le corresponde hacerse factica, palpable. La democracia necesita que sus postulados básicos sean experiencias diarias, no simples y vacias consignas publicitarias que se recuerdan cada cuatro o cinco años. El gran desafío de la democracía es contar con  ciudadanos.   
     Pero, ¿qué debe hacer un país para transformar al habitante o al aprendiz en un ser pensante, en un ciudadano con virtudes? Pues bien, el estado deberá reconocer a la educación como la única vía para transformar a la sociedad; luego, deberá aplicar las leyes correspondientes, de igual modo, deberá transformar el sistema educativo, específicamente, debe impulsar el liderazgo de los docentes; únicamente los mejores ocupara tan significativos cargos, también, deberá ajustar la escala salarial, pero lo trascendental, deberá innovar y rediseñar la curricula de las escuelas o facultades de educación en las distintas universidades. Una mejor preparación y formación del docente representa el triunfo dentro de una nación democrática.